Cuento premiado en el
certamen literario sobre cuento histórico, organizado por el Museo Monseñor
Alumni. Septiembre de 2004
Muchos hombres buscaban por todas
las sendas de las montañas a dos niños perdidos. Éstos habían salido, muy
temprano, del hogar familiar. Deberían haber cruzado la elevación cercana, para
llegar a la escuela. Sin embargo, la densa y pegajosa niebla se adueñó de los
montes y ellos equivocaron el rumbo…Perdidos, inexistentes en ese mundo de
roca, arbustos y soledad.
Interminable vaivén de idas y
venidas. Buscar y no hallar. Repetición de llamados. Angustia por el tiempo que
empezaba a arrojarse a las primeras sombras.
Sorpresa, después, la sorpresa,
inexplicable asombro en el rostro y la mente de cada campesino, cuando Giovanna
señaló el lugar, con una mano en alto. Mano que tenía una luminosidad
diferente, extraña, casi estelar. Y allí, donde la mágica luz indicaba, estaban
los pequeños, cansados de dar vueltas, hambrientos, muertos de sed, casi
adormilados…dos rocas, dos fantasmales peñascos los ocultaron…Por allí, el
grupo de búsqueda había dejado sus huellas, muchas veces.
Desde ese momento, la jovencita reconoció
la facultad que poseía. Como destellos, pasaron por su mente situaciones vistas
anticipadamente, palabras escuchadas antes de que se dijeran, enfermedades,
sentimientos, dolores propios y ajenos, promesas que se cumplirían,
nacimientos, bodas y tantas, tantas cosas…
Cuando Evangelista Fratten llegó
a su casa, aquella mañana casi ebria de sol y verano, Giovanna supo que la vida
lo uniría a él, para siempre.
Después de la boda, como estaba
previsto, dejaron Pordenone, al norte de Italia y fueron al puerto de
Génova…América, Argentina, la esperanza. Y el desasosiego y la fuga de mundos
de dolor…todo, todo con Giovanna, como otro baúl, pero invisible para los
demás.
Al llegar, las promesas, como
fuegos de artificio, explotaron y huyeron hasta desvanecerse. Luego de deshojar
miles de consultas, Evangelista y Giovanna, remontaron, junto con otros, tan
desorientados como ellos, un ancho y pardo río. Posteriormente, desembarcaron y
en unos carruajes desvencijados, iniciaron el camino hacia lo que sólo aparecía
en un sucio papelito que la mujer inquietante e inquietadora llevaba apretado
en un puño: Colonia Avellaneda, Provincia de Santa Fe.
Al arribar, Giovanna sintió que
se había adentrado en el círculo de universo en el que quedaría,
definitivamente.
Después, giró el tiempo
implacable y los hijos florecieron en su vientre…¡Tantos hijos!. Era tan
difícil, tan difícil vivir en la nueva tierra. Siempre pobres, con una familia
cada vez más numerosa y con la ilusión perdida de mandar a toda la prole a la
escuela…era un lujo, un lujo que los Fratten no le podían dar a todos sus
descendientes.
El horizonte cambió de tonalidad
una y otra vez y otra vez, los hijos crecieron, se enamoraron, empezaron a
casarse. La tierra escasa resultó más insuficiente aún y sin opciones, las
nuevas parejas tuvieron que buscar rumbos alternativos.
Cerca del campo de estos
italianos luchadores, vivía la familia Cantelli. Un día, Antonio Fratten, antes
de ir al campo en flor, le comunicó a su padre que pensaba casarse con una de
las hijas de Liborio Cantelli. Desde la cocina, Giovanna escuchó la
conversación y todos los controles que poseía sobre su especial facultad, tan
celosamente ocultada, se alteraron y hubo en su mente un cruce de temores que
fueron despertando a otros y a otros. Cadena de eslabones ígneos. La madre
intentó dominarse. Sin embargo, quiso hablar. Cuando iba a hacerlo, la mirada
de su esposo le trasladó una helada advertencia. Giovanna, con los ojos
llorosos, los dejó solos.
Antonio y Emilia se casaron y se
sumaron a la familia Fratten. Muy pronto, la muchacha se dio cuenta de que su
suegra no la trataba con afecto. Emilia no se explicaba por qué.
Antonio, la tua mama me asusta-
le dijo a su esposo. Antonio clavó en ella sus ojos zarcos. Mirada azul a
mirada azul y desaparición de palabras.
Pronto, los Cantelli decidieron
cambiar el rumbo de sus vidas y trasladarse al Chaco. Otros inmigrantes ya
habían ido a poblar los alrededores de una localidad recientemente fundada, al
costado de las vías del ferrocarril: Presidencia Roque Sáenz Peña. Allí había
tierras libres, muchas tierras. Era cuestión de probar suerte otra vez.
Una parte de Emilia se desprendió
violentamente. Se sintió muy sola y como a merced de su familia política. El
viaje de Liborio enardeció a Giovanna. Ella sentía que su don la atemorizaba
más y más.
Rápidamente, llegaron noticias de
los que adoptaron al Chaco como nueva residencia. Tierra, mucha tierra para
trabajar. Antonio vio la posibilidad de poseer algo propio y así dar a sus dos
pequeños hijos una esperanza distinta. Por ello, resolvió caminar la misma
huella que sus suegros y cuñados, al comenzar el transcurrir de l919.
Al enterarse, Giovanna fue hasta
el corral y lloró hasta quedar vacía de lágrimas.
Porca miseria, porca, porca
miseria- maldijo la pobreza, la cruel miseria, lo que presentía. Cada vez más
hosca, miró a Antonio, a Emilia, a Remo y a Alesio y musitó un saludo casi
inaudible: “Adío, adío, poverettos.
Al llegar a la tierra abundante,
el joven que tenía el cielo en sus ojos marcó, con un arado que le prestó su
suegro, los lindes del campo, de “su campo”. Con la ayuda de sus cuñados,
levantó el rancho. Pronto, preparó la tierra. Cantelli le dio semillas y luego
de una lluvia beneficiosa, Antonio sembró en los surcos de la virginidad marrón
del suelo. Cuando aparecieron las hojuelas de las plantitas de maní, Emilia,
por primera vez, vio la magia de la alegría en la mirada de su esposo.
Mientras, en Colonia Avellaneda,
Giovanna iba y venía por la casa. No tenía descanso. Corría hacia la tranquera
cuando aparecía alguien por el camino, con el fin de buscar noticias de su
hijo. Aparentemente, la existencia de Antonio y familia transcurría con mucho
esfuerzo, sacrificios y penurias económicas, pero…se iban adaptando. Sin
embargo, nada tranquilizaba a la madre. Nada. Prácticamente dejó de dormir.
Trabajaba más que siempre…del corral a la huerta, de la cocina al pozo, de
lavar a limpiar, ir y venir, como manera de aturdirse, de evadirse de La maraña
de sus pensamientos. Evangelista la miraba y sufría en silencio.
En la región de Bajo Hondo, allí
donde la tierra chaqueña llana y fértil se besaba con el monte, pasaban los
días. Alrededor de esa pampa, la vegetación arbórea y arbustiva emitía sonidos
de insectos, de pájaros que levantaban vuelo, de animales corriendo entre
achaparrados arbolillos y a la sombra de gigantes quebrachos, algarrobos,
tipas, samuhúes y alguno que otro timbó. Sopor, suelo y aire calientes, muy
calientes. Un sol bien alto iluminaba el escenario. Ni una nube en la
transparencia del cielo.
Un paso más y un nuevo año
abriría los ventanales del viento. Antonio sentía la calurosa siesta…faltaba
agua para el maní creciente. Preocupado, decidió observar nuevamente las
plantas. Descalzo, con la vista en la lejanía, avanzó…no las vio, ay Dios, no
las vio. Sus ojos sólo miraban el tapiz vegetal. Allí, dos víboras de cascabel,
en celo, enroscadas…se confundían con la tierra y los verdes. Antonio no las
vio, ay Dios, no las vio y…las pisó. Las picaduras fueron instantáneas y fuerte
el grito. Emilia salió del rancho y vio a su esposo en el suelo y reptando,
alrededor, las dos serpientes.
En Santa Fe, llovía. Giovanna,
quien venía de la huerta, resbaló, cayó y su cabeza golpeó los ladrillos del
brocal del pozo. Se quejó…y su queja se estrelló contra todas las cosas que la
rodeaban. Una sola queja y después, el silencio. Mientras Antonio era llevado
en una volanta hasta Presidencia Roque Sáenz Peña, en un desesperado luchar
contra el veneno y la muerte, su madre, con la boca fuertemente sellada, veía
una sombra, a su lado, bien a su lado, casi cubriéndola.
Picaduras mortales. Primero una
nube tapó el azul de los ojos tristes; después, las convulsiones, la ceguera…y
al llegar a la botica del pueblito, el fin de un joven de solamente veintiocho
años.
En el mismo momento en que
Antonio moría, Giovanna vio los destellos azules y se conectó a ellos, así como
estuvo antes, durante los nueve meses de gestación.
Junto con su hijo Antonio y con
la muerte que la esperó-la misma cantidad de tiempo que tardaron Emilia y sus
hermanos en ir, con Antonio, desde Bajo Hondo a Sáenz Peña- la madre partió,
definitivamente.
Unida por el lazo de sangre más
vinculante, Giovanna siempre vio el final de uno de sus hijos y eligió no pedir
ayuda, sino morir con él, antes de transitar por el dolor nuevamente. A veces,
tener esa facultad, que algunos podrán considerar un verdadero “don”, es una tragedia lacerante.

Un escrito brillante. Creo que ya lo sabes, pero igual te lo repito, te admiro Alicia.
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