ALICIA J. RAFFIN

ALICIA J. RAFFIN

viernes, 28 de diciembre de 2012

ANTONIO, OJOS AZULES


Cuento premiado en el certamen literario sobre cuento histórico, organizado por el Museo Monseñor Alumni.          Septiembre de 2004          

  

Muchos hombres buscaban por todas las sendas de las montañas a dos niños perdidos. Éstos habían salido, muy temprano, del hogar familiar. Deberían haber cruzado la elevación cercana, para llegar a la escuela. Sin embargo, la densa y pegajosa niebla se adueñó de los montes y ellos equivocaron el rumbo…Perdidos, inexistentes en ese mundo de roca, arbustos y soledad.

Interminable vaivén de idas y venidas. Buscar y no hallar. Repetición de llamados. Angustia por el tiempo que empezaba a arrojarse a las primeras sombras.

Sorpresa, después, la sorpresa, inexplicable asombro en el rostro y la mente de cada campesino, cuando Giovanna señaló el lugar, con una mano en alto. Mano que tenía una luminosidad diferente, extraña, casi estelar. Y allí, donde la mágica luz indicaba, estaban los pequeños, cansados de dar vueltas, hambrientos, muertos de sed, casi adormilados…dos rocas, dos fantasmales peñascos los ocultaron…Por allí, el grupo de búsqueda había dejado sus huellas, muchas veces.

Desde ese momento, la jovencita reconoció la facultad que poseía. Como destellos, pasaron por su mente situaciones vistas anticipadamente, palabras escuchadas antes de que se dijeran, enfermedades, sentimientos, dolores propios y ajenos, promesas que se cumplirían, nacimientos, bodas y tantas, tantas cosas…

Cuando Evangelista Fratten llegó a su casa, aquella mañana casi ebria de sol y verano, Giovanna supo que la vida lo uniría a él, para siempre.

Después de la boda, como estaba previsto, dejaron Pordenone, al norte de Italia y fueron al puerto de Génova…América, Argentina, la esperanza. Y el desasosiego y la fuga de mundos de dolor…todo, todo con Giovanna, como otro baúl, pero invisible para los demás.

Al llegar, las promesas, como fuegos de artificio, explotaron y huyeron hasta desvanecerse. Luego de deshojar miles de consultas, Evangelista y Giovanna, remontaron, junto con otros, tan desorientados como ellos, un ancho y pardo río. Posteriormente, desembarcaron y en unos carruajes desvencijados, iniciaron el camino hacia lo que sólo aparecía en un sucio papelito que la mujer inquietante e inquietadora llevaba apretado en un puño: Colonia Avellaneda, Provincia de Santa Fe.

Al arribar, Giovanna sintió que se había adentrado en el círculo de universo en el que quedaría, definitivamente.

Después, giró el tiempo implacable y los hijos florecieron en su vientre…¡Tantos hijos!. Era tan difícil, tan difícil vivir en la nueva tierra. Siempre pobres, con una familia cada vez más numerosa y con la ilusión perdida de mandar a toda la prole a la escuela…era un lujo, un lujo que los Fratten no le podían dar a todos sus descendientes.

El horizonte cambió de tonalidad una y otra vez y otra vez, los hijos crecieron, se enamoraron, empezaron a casarse. La tierra escasa resultó más insuficiente aún y sin opciones, las nuevas parejas tuvieron que buscar rumbos alternativos.

Cerca del campo de estos italianos luchadores, vivía la familia Cantelli. Un día, Antonio Fratten, antes de ir al campo en flor, le comunicó a su padre que pensaba casarse con una de las hijas de Liborio Cantelli. Desde la cocina, Giovanna escuchó la conversación y todos los controles que poseía sobre su especial facultad, tan celosamente ocultada, se alteraron y hubo en su mente un cruce de temores que fueron despertando a otros y a otros. Cadena de eslabones ígneos. La madre intentó dominarse. Sin embargo, quiso hablar. Cuando iba a hacerlo, la mirada de su esposo le trasladó una helada advertencia. Giovanna, con los ojos llorosos, los dejó solos.

Antonio y Emilia se casaron y se sumaron a la familia Fratten. Muy pronto, la muchacha se dio cuenta de que su suegra no la trataba con afecto. Emilia no se explicaba por qué.

Antonio, la tua mama me asusta- le dijo a su esposo. Antonio clavó en ella sus ojos zarcos. Mirada azul a mirada azul y desaparición de palabras.

Pronto, los Cantelli decidieron cambiar el rumbo de sus vidas y trasladarse al Chaco. Otros inmigrantes ya habían ido a poblar los alrededores de una localidad recientemente fundada, al costado de las vías del ferrocarril: Presidencia Roque Sáenz Peña. Allí había tierras libres, muchas tierras. Era cuestión de probar suerte otra vez.

Una parte de Emilia se desprendió violentamente. Se sintió muy sola y como a merced de su familia política. El viaje de Liborio enardeció a Giovanna. Ella sentía que su don la atemorizaba más y más.

Rápidamente, llegaron noticias de los que adoptaron al Chaco como nueva residencia. Tierra, mucha tierra para trabajar. Antonio vio la posibilidad de poseer algo propio y así dar a sus dos pequeños hijos una esperanza distinta. Por ello, resolvió caminar la misma huella que sus suegros y cuñados, al comenzar el transcurrir de l919.

Al enterarse, Giovanna fue hasta el corral y lloró hasta quedar vacía de lágrimas.

Porca miseria, porca, porca miseria- maldijo la pobreza, la cruel miseria, lo que presentía. Cada vez más hosca, miró a Antonio, a Emilia, a Remo y a Alesio y musitó un saludo casi inaudible: “Adío, adío, poverettos.

Al llegar a la tierra abundante, el joven que tenía el cielo en sus ojos marcó, con un arado que le prestó su suegro, los lindes del campo, de “su campo”. Con la ayuda de sus cuñados, levantó el rancho. Pronto, preparó la tierra. Cantelli le dio semillas y luego de una lluvia beneficiosa, Antonio sembró en los surcos de la virginidad marrón del suelo. Cuando aparecieron las hojuelas de las plantitas de maní, Emilia, por primera vez, vio la magia de la alegría en la mirada de su esposo.

Mientras, en Colonia Avellaneda, Giovanna iba y venía por la casa. No tenía descanso. Corría hacia la tranquera cuando aparecía alguien por el camino, con el fin de buscar noticias de su hijo. Aparentemente, la existencia de Antonio y familia transcurría con mucho esfuerzo, sacrificios y penurias económicas, pero…se iban adaptando. Sin embargo, nada tranquilizaba a la madre. Nada. Prácticamente dejó de dormir. Trabajaba más que siempre…del corral a la huerta, de la cocina al pozo, de lavar a limpiar, ir y venir, como manera de aturdirse, de evadirse de La maraña de sus pensamientos. Evangelista la miraba y sufría en silencio.

En la región de Bajo Hondo, allí donde la tierra chaqueña llana y fértil se besaba con el monte, pasaban los días. Alrededor de esa pampa, la vegetación arbórea y arbustiva emitía sonidos de insectos, de pájaros que levantaban vuelo, de animales corriendo entre achaparrados arbolillos y a la sombra de gigantes quebrachos, algarrobos, tipas, samuhúes y alguno que otro timbó. Sopor, suelo y aire calientes, muy calientes. Un sol bien alto iluminaba el escenario. Ni una nube en la transparencia del cielo.

Un paso más y un nuevo año abriría los ventanales del viento. Antonio sentía la calurosa siesta…faltaba agua para el maní creciente. Preocupado, decidió observar nuevamente las plantas. Descalzo, con la vista en la lejanía, avanzó…no las vio, ay Dios, no las vio. Sus ojos sólo miraban el tapiz vegetal. Allí, dos víboras de cascabel, en celo, enroscadas…se confundían con la tierra y los verdes. Antonio no las vio, ay Dios, no las vio y…las pisó. Las picaduras fueron instantáneas y fuerte el grito. Emilia salió del rancho y vio a su esposo en el suelo y reptando, alrededor, las dos serpientes.

En Santa Fe, llovía. Giovanna, quien venía de la huerta, resbaló, cayó y su cabeza golpeó los ladrillos del brocal del pozo. Se quejó…y su queja se estrelló contra todas las cosas que la rodeaban. Una sola queja y después, el silencio. Mientras Antonio era llevado en una volanta hasta Presidencia Roque Sáenz Peña, en un desesperado luchar contra el veneno y la muerte, su madre, con la boca fuertemente sellada, veía una sombra, a su lado, bien a su lado, casi cubriéndola.

Picaduras mortales. Primero una nube tapó el azul de los ojos tristes; después, las convulsiones, la ceguera…y al llegar a la botica del pueblito, el fin de un joven de solamente veintiocho años.

En el mismo momento en que Antonio moría, Giovanna vio los destellos azules y se conectó a ellos, así como estuvo antes, durante los nueve meses de gestación.

Junto con su hijo Antonio y con la muerte que la esperó-la misma cantidad de tiempo que tardaron Emilia y sus hermanos en ir, con Antonio, desde Bajo Hondo a Sáenz Peña- la madre partió, definitivamente.

Unida por el lazo de sangre más vinculante, Giovanna siempre vio el final de uno de sus hijos y eligió no pedir ayuda, sino morir con él, antes de transitar por el dolor nuevamente. A veces, tener esa facultad, que algunos podrán considerar un verdadero “don”,  es una tragedia lacerante.

1 comentario:

  1. Un escrito brillante. Creo que ya lo sabes, pero igual te lo repito, te admiro Alicia.

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