RELATO VERÍDICO
Recuerdo las largas charlas con mi padre y muchas de sus
anécdotas permanecen en mi corazón. Siempre contaba un hecho ocurrido en 1949 y
en el que él tuviera participación.
Desando el camino y lo veo sentado en su escritorio y aún hoy
escucho sus palabras:
“Anselmo Aguirre, desde muy temprano, iba a la estación de trenes
de Presidencia Roque Sáenz Peña, a esperar los vagones con mercaderías. Cuando
venían los encargados a retirarlas, Anselmo y otros hombres eran contratados
para descargar bolsas de harina, de azúcar, cajas de comestibles, etc. y
cargarlas en los transportes privados. La gente los conocía con el apelativo de
“changarines”. Esa mañana hubo mucho trabajo. Primero, Aguirre descargó, él
solo, un vagón lleno de botellas de aceite. Más tarde, con tres compañeros, uno
de cajas de productos enlatados y por último, dos repletos de bolsas de harina.
Hacía mucho calor y la humedad se sentía en la piel pegajosa y transpirada.
Al mediodía, el “Chino”, un changarín de origen correntino, se
cruzó a la Fonda “El Boquerón” ubicada en diagonal a la playa del ferrocarril.
Trajo mortadela, pan y un vino fresco. Aguirre había tomado durante la mañana
varias veces agua, sentía mucha sed. Cuando repartieron el fiambre, comió un
buen trozo y detrás, unos tragos de vino casi helado.
Antes de terminar el improvisado almuerzo, se sintió mal. Al
intentar pararse, se dobló en dos y cayó al suelo y pegó el rostro en la tierra.
El ataque fue fulminante. “Un infarto masivo”-dijo el doctor que lo revisó en el
hospital.
A veces, la pobreza se vuelve humillación. Carmen López, parada
en la puerta de su humilde casita, con tres criaturas a su alrededor y una
creciendo en su vientre, vio bajar de un carro dentro de un cajón de tablas el
cadáver de su compañero. No había medios para pagar un servicio fúnebre. Lo
velaron sobre la única mesa del hogar. La mujer, sus hijos y dos o tres vecinos
acompañaron luego a Anselmo a su hogar en la tierra.
Pasado el momento del impacto por lo acaecido, Carmen comenzó a
desesperarse. Si bien se sabía fuerte para trabajar en múltiples tareas y hasta
en un oficio aprendido con su madrina, el embarazo no le permitía mucho y sólo
tenía unos pocos pesos que le juntaron en el barrio. Esa noche, no pudo
descansar, pero el insomnio le trajo una posibilidad.
Temprano dejó a los niños con una vecina y caminó hasta el
almacén de Ramos Generales.
Me encontró acomodando una estantería. Toda vestida de negro como
era costumbre de la época., entró al salón y me dijo que quería hablar conmigo.
La conocía porque siempre compraba allí y además, antes de unirse a Aguirre la
mujer trabajó en quehaceres domésticos, en nuestra casa de familia.
Le pregunté:
-¿qué necesita Carmen, en qué puedo ayudarla?
-Don Remo, sé que usted es peronista y que además sabe poner las
palabras por escrito, ¿usted me escribiría una carta?
-Cómo no, ¿para quién Carmen?
-Para la señora Evita, sé que ella me dará la mano que me hace
falta.
-Venga Carmen, siéntese. Dígame qué ideas tiene.
Durante cierto tiempo, la mujer hablaba y yo le iba dando forma
al texto. Cuando la carta estuvo lista se la leí y ella, con su sencilla firma,
le dio el cierre.
Muy pocas personas sabían lo que Carmen hizo y casi todas,
escépticas le decían:
-¿Cómo crees que la señora del Presidente te va a contestar?
-Evita cumple, ella conoce a los pobres y no me negará su ayuda.
Cuando la escucho por la radio, parece que me hablara a mí. Tengo confianza,
mucha confianza.
Pasado el mes de la muerte de Anselmo, Carmen y varias vecinas se
reunieron a rezar por el alma del difunto. De pronto, golpearon las manos. Un
dependiente de la estación de trenes le traía un aviso. Debía pasar a retirar un
envío de la Fundación Evita.
Asustada, pero feliz, fue al lugar donde falleciera su esposo.
Allí, le entregaron lo que con absoluta confianza había pedido a María Eva
Duarte de Perón, sencillamente a “Evita”, verdadera abanderada de los humildes:
una máquina de coser y el ajuar completo para el bebé por nacer
–ropa-cuna-cochecito.
Después, pasó por el almacén y me dio la noticia.
-No sé cómo agradecerle el favor, señor.
-Nada tiene que agradecerme a mí, haremos una carta a quien fuera
tan generosa. No estoy sorprendido, Evita parece estar con la solución a los
problemas y sé que en los corazones de muchos es un puente de esperanza.
Con enorme satisfacción, decía mi padre, como ser humano y
peronista, vi, muy pronto, cuando circunstancialmente pasé por el frente de la
casa de Carmen López y sus hijos, el cartel colocado en la ventana, que decía:
MODISTA.
Mi padre finalizaba su relato expresando que una vez más, esa
mujer excepcional llamada Evita, sin preguntar a cuál partido político
pertenecía la familia, ayudó y dignificó una existencia, en este caso, la de una
mujer humilde que confió plenamente en ella”.

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