Los pájaros hurgaron en la niebla del alba
y fue la furia compañera del odio
la que se arrastró por ventanas abiertas.
Cuando llegó la luz, fue una extranjera;
no tuvo piedad con el cadáver de la desolación.
La tinta salpicó todos los espejos
y desde el fondo, un ojo,
que niega los tormentos,
tiembla en párpados rugosos,
cuando escribe su adiós.
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