Añoro los días del amor temprano
el del encuentro, el de la víspera,
aquel que atesoró el aquí, el ahora,
el amor de caminos y de puente,
... el que saltó de lo oscuro a la luz,
ese tibio amor bañado por una luna pagana,
luna que usaba jeroglíficos en la aurora
y volvía diamante a los carbones.
En lo real, empieza el otoño empedrado.
La voladura de una hoja entretiene a los ojos
y en el interior de la añoranza,
crecen raíces y silbos de palabras.
En mi boca y en tu boca renace el verbo.
Mi cuerpo añora ese amor dueño de todo.
Nosotros y después nosotros y otra vez nosotros.
En la miniatura del espejo,
se reflejan los rayos quemados por estrellas
y te añoro, Amor, ¡cuánto te añoro!

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