Silencio, un hombre hunde el rostro.
La lluvia abre huecos en el cielo.
Enajenada quiebra la arena con sus tesoros
y aunque el cuello de los árboles
se oculta entre las hojas,
las gotas se entrelazan en llanto verdinegro.
Me oprime la garganta
un sinfín de yedra aún dormida
y sigo, sigo, con las vacuas palabras,
con las manos vacías...¡Ay! la nada.
¡Cuánto pesa la nada!

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