Me esperaste entre corredores de una ronca geología,
entre rocas y piedras desgastadas,
en el surco que dejó el glaciar,
cuna del arroyo de luna cristalina.
Maravillada ante el violín del otoño,
ese otoño que hundía sus ojos en la arena
y desnudo, volado su ropaje,
carcajeaba desde el humo y las blandas hojas muertas.
Me esperó todo hombre, casi fuego.
Cuando escalé las montañas
y llegué hasta el tejado de tus sueños,
toque tu piel con la punta de mis dedos.
La caricia prolongó el canto de mi alma
y amante y amada fueron uno.
La recta se hizo curva, se hizo lecho,
se hizo ancho mar de tibios trinos.
Tú y yo en el albo camino de los besos,
y en el grito pintado de suspiros.
Anhelante y anhelada acompañaron
el herbario de ansias compartidas
y se amaron, se amaron y se amaron, entre las uvas y el oscuro vino.
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