Dejé que mi corazón inventara los nombres,
que eligiera la magia de los ojos,
que pusiera la estación del sortilegio,
que cubriera el tiempo con sus galas
y enredara su pecho con gardenias.
Pero mi corazón no inventó nada,
no le importó la magia de otros ojos,
ignoró cualquier estación o pasatiempo
y desenredó pelos despeinados.
Desnudo de amores y dolores,
siguió latiendo con ritmo acompasado.

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