ALICIA J. RAFFIN

ALICIA J. RAFFIN

jueves, 27 de diciembre de 2012

EL INTUITIVO

Primer premio, año 2004, categoría cuento, en el Concurso Alfredo Veiravé organizado por la Subsecretaría de Cultura de la Pcia. del Chaco


Tiempo de cosecha. ¡Cómo me agrada! Los sábados se coronaban con bailes y, a pesar del calor del verano chaqueño, todos deshojaban la fatiga del día y se vestían de fiesta.
 Esa noche sería mi noche. Me pinté la boca tan, pero tan escarlata, como para atraer las miradas, aun la de los más reacios. Peiné mi larga cabellera negra, en la que jugaba el fuego del infierno. Dejé caer sobre la frente y la cara algunos mechones inquietos. Poca ropa interior y sólo un vestido de percal, tan carmín como mi boca. El busto generoso quería desbocarse en el amplio escote y se sentía el movimiento escandaloso de mi cuerpo. Calcé mis pies y, conocedora de la pasión y del embrujo, melena desparramándose con furia, ondulación de vientre y vaivén de caderas, caminé hasta el baile.
  Cuando entré, algunas mujeres no pudieron evitar el asombro y se codearon levantando una ceja. La respuesta muda fue también una elevación: la de los hombros.
  Varios cosecheros tomaban cerveza y vino ordinario, apoyados en un ventanuco. Hacia ellos me deslicé como una peligrosa ñacaniná y acentué casi hasta la obscenidad las formas de mi pecho. Inmediatamente, vinieron a mí sensaciones y sentimientos ajenos. Rabiosa inquietud en el grupo de muchachas desgreñadas y sudorosas. Loco deseo en los hombres peligrosamente embriagados y, entre tanta maraña de oscuros pensamientos, me golpeó la indiferencia: alguien tenía miedo, mucho miedo.
    Acepté la bebida que me pasó un correntino achinado y prepotente. Me rozó la cintura al bajar el brazo y pretendió arrimarse demasiado. Casi de un salto, me alejé, abriendo la boca libidinosa en una carcajada sibilante.
    Buscaba lo extraño, sabía que era un hombre, pero no cuál. De pronto, cuando se expandieron los primeros acordes y unas cuantas parejas invadieron la pista con sus olores agrios y sus rústicas vestimentas, lo vi, cerca del pozo.
    Con una mirada, simplemente con una, hubiese excitado a cualquier hombre, después lo podría haber llevado a la pasión, al desborde, a la pelea, al cuchillo, a la muerte, por defenderme de los otros de la jauría humana en celo. Sin embargo, me detuve junto al maduro y escuálido paisano. En sus ojos leí historias de desengaños, la miseria, las desgracias y por supuesto, el terror. Insinuante lo miré una y otra vez. Lo provoqué con la palabra, con el gesto, con la tentación del cuerpo. Luego de un rato me dijo: “Presiento que me queda poco tiempo”. Insistí con la risa, con el infame coqueteo. Volvió entonces la cabeza hacia mí y repitió: “…que me queda poco tiempo”.
     Las furias me reptaron desde los pies a los cabellos. Una rabiosa frustración me alborotó la presencia. Si al entrar causé conmoción por mi aspecto sensual, mi salida determinó un arañar de terrores insospechados. A medida de que me alejaba, me iba despojando de la boca roja, del vestido carmín, de la cabellera negra. Sólo la sombra del espanto, la deshilachada fantasmagoría de mi esencia blandiendo afilada guadaña les mostró quién era yo, en realidad.
     Tiempo de cosecha. Pude llevarme a varios, mas salvé al único que, lamentablemente me tentó, porque para mi identidad de muerte, vale únicamente arrebatar la vida con sorpresa. Por eso, no me sirven los intuitivos.

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