ALICIA J. RAFFIN

ALICIA J. RAFFIN

viernes, 21 de diciembre de 2012

LOS INTUITIVOS, NO.

Un intuitivo no debe entrar.
Sumergí mis pasos
en un largo pasillo, donde el silencio bostezaba
tras las rotas puertas y rotas ventanas.
Abigarrados botones de luz se encimaban en el techo
y el piso, desigual y grosero se expulsaba a sí mismo,
abochornado se abombaba, agrietado entreabría sus surcos,
desgastado por miles de pasos demorados.
Exudando un perforante dolor se hundía y se elevaba.
No debí entrar.
Al pasar el umbral, naufragaron en mi alma
cautivos secretos del viejo hospital.
Y el espanto de la herida silbó mil ideas tempestuosas.
Agrios y nauseabundos vahos se mezclaban como pactando
para inundar los encuadres.
Mi tallo de mujer hamacaba una ramazón de angustias
y el corazón se me achicaba en el pecho.
De pronto, casi me desplomé.
Callados gritos femeninos intentaban ocultar
el llanto de los no nacidos.
Después, más llantos.
Llantos de madres que perdieron a sus hijos,
criaturas muertas gimiendo ante el desprendimiento.
Largos ayes y un acopio de congojas arrinconadas
en esos agujereados muros.
Lo que más atribuló mi esencia
fueron los picotazos de dolor en mis carnes,
mordiscos en la piel, golpes en los huesos
¡Ay! Dios mío, un deslizarse de miles de púas
por las cisuras y andenes del cerebro.
Entre tanto universo contenido, de calvario y cruel mutilación,
reptaban los ojos de los muertos que no pudieron irse,
ni cortar el punto del dolor.
Vagabundos sonidos, pesadumbre multiplicada,
el certero bisturí abriendo carnes, el goteo interminable de la herida,
los crujidos de epilépticos dientes, uñas clavándose en la locura
de los agonizantes.
No. ¡Ay! Deténganse. Deténganse.
Como en trance esquizofrénico, se agolpaban los sonidos en la mente,
los dolores en el cuerpo, la sinrazón en el alma.
Dilapidando pasos, revocado el permiso de seguir
por esa cátedra de vértigo,
finalmente, caí de bruces
sobre mi propio espanto.
Los intuitivos no deben entrar.

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