Equilibrista, bailarina, saltimbanqui, trapecista
del circo de la vida.
Cuántos tropezones, equivocar los cálculos
y caer sobre deshechas redes, revolcar el cuerpo,
sentir los golpes, el ruido de los huesos
y la mutilación del miedo.
Revolcar el alma en una telaraña de angustias y tristezas,
tropezar, caer, perder el justo medio...
... Otra vez levantar, a duras penas, ese yo emparchado.
Un día, sin red, la caída me precipitó
y toqué fondo, muy abajo.
En la oscuridad, ante un silencio interrogante,
enderecé mi ser y donde había sombras yo vi luz.
Salvarme, tenía que salvarme.
Comprendí que podía
que en los pasadizos interiores vivían el poder y la capacidad
para mostrar mi lámpara con su luminosidad más plena.
Y lo hice. Aquí, de pie, río con la vida,
libre al fin de todas las penas amargas.
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