El espejismo de la tarde creó huellas imposibles,
la juventud primera, segunda, ¡qué importa!
se encogió en un dibujo de pena más la pena.
Detrás del riesgo de amar a humo y fuego,
se perdió el horizonte de aquello ya vivido,
la bifurcación de frágiles ensueños
que no dieron historias, solo angustias.
Vivir en vilo, aprender a duro golpe,
girar como veleta, según lo dicta el viento,
un borrador se queda en borrador.
Nunca se labra el destino final de loca furia.
Padecidas las penas, una a una,
la soledad se ilumina con silencio.
Aquí la primavera sabe a otoño
y el otoño se aisla en un candor de miles de hojas muertas.
Ni tú ni él jamás lo comprendieron.
El amor imposible es solo una utopía;
imposible lo hacen los cobardes,
aquellos que vacilan y en su vacilación se mueren.
¡Qué importa todo o algo, ahora!
Un cortejo de gemidos y llantos
un remoto naufragio de esperanzas
se acompañan en la límpida tarde,
cuando canta el gorrión su pobre trino.

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