Al cruzar el duro río de la vida,
se eleva como un roto fantasma
y abre las desnudas curvas de las piedras.
Allí, extiende las rocas cubiertas de húmedos musgos.
Magenta en las corolas anónimas;
de rodillas y envuelta en desolación,
pide perdón por sus rebeldes días,
por esconderse en la pena,
por iluminar con amargura, semanas y meses,
por permitir heridas sin sutura,
por la debilidad del no ser.
Ayer miré su paso aún vacilante,
levanté una mano, para saludarla,
ella elevó sus ojos, mas su mirada no me encontró,
como yo no me encuentro en los espejos, todavía.

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