Desnuda la boca del lamento,
voy sorbiendo la luz.
Estremecida y rota
la distancia se esfuma en laberintos
y la cuesta empinada desafía mis fuerzas.
Heredera de presagios y de dudas
persigo la palabra y la figura.
Persecución vana,
inútil obsesión que nada logra.
Tiempo de piedras y de arena.
El cristal se opaca
y el aliento rojo sangre nos trae la verdad,
ese saber que ya no somos,
que la muerte acompaña y enamora
y finalmente abre la enorme puerta
y ya adentro,
los pies se vuelven alas
y prenden el fuego de los fuegos.
Infierno o cielo...
Lo sé, están aquí, creados por nosotros.

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