Inventé un cruce entre el amor y el cielo,
con una señal deshilada y con chispas.
En tus manos, tu soledad y la mía,
en un universo de ausencias y olvidos.
Las soledades nos tocaron los costados
y se fueron desmoronando a la deriva.
Lejana, la niebla abrió los ojos
y se absorbió a sí misma.
Hubo trueques entre vidrieras y espejos
y plegarias regadas al azar y de hinojos.
El tañido de negras campanas
despertó una vigilia de fuego en los cristales
y te pedí las palabras sin inquietas sombras,
sin el desamparo, sin la oscuridad temprana.
Tengo tu promesa, amigo mío,
esa con sabor y olor a mar, a caracol, a olas.
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