Acaso el tiempo tiene pestañas de congoja.
En mi ocaso de días enfermos,
el otoño muerde el camino
y deja una cicatriz en los recodos.
Una mancha, un gajito volador,
una libélula encantada
posa su cuerpo en verde calma
y mis ojos viajan sin destino,
emigran desde el llano al mar profundo,
y en la laxitud del monte ignoto,
tu presencia se perfila allí, en tu mundo...
Y no estoy en él, querido mío...
No estoy en él y siento tanto frío...

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