No lo reconocí.
Estaba frente al espejo.
Detrás de su piel oscura,
flotaban extraños rasgos.
La sombra seguía los pasos,
tumbos de propia locura...
No me reconocí.
El pasado escondido en las tinieblas
volaba hacia la puesta del sol.
Su resplandor era insuficiente
para alumbrar todos mis días.
No nos reconocimos.
La sombra se deslizaba
aunque el cielo no tenía nubes.
el pantano flotaba, flotaba, flotaba.
Existencia de pérdida inexorable.
No me reconoció.
Defensa ante el tiempo pasado,
ante el residuo de horas pretéritas.
No reconocernos y reconocernos,
porque el encuentro altera las vidas
de forma profunda o muy leve,
pero nada, después, es igual.
El hoy es un árbol de ramas puntiagudas,
una prisión donde aletean las tórtolas
y llora la memoria desnutrida y gris.
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