¡Alma, alma mía!,
guerrera valiente que lanzó la flecha
y pudo atormentar al olvido.
Con tus celajes de noche y de tortura,
hiciste vacilar al viento norte.
al correr las espigas tras devastados cielos.
Fuiste la enamorada que caminó rojas veredas
y soñó con desvanecidos crepúsculos y besos.
Criaste noches claras para decir te quiero
y un tren de caramelo en la senda del oso.
Nunca te vestiste con la ropa del olvido,
cada instante es el instante recordado y perfecto.
Flotaron rayos de un prisma desde el muelle de luces
y la tosca madera se bebió el musgo más los pálidos verdes.
El alma sabe amar, desde lo indecible a lo decible;
alma en la que desembarca la pureza de los días secretos,
puros de puro amor y ansiados besos,
cuando en la calma se desnudó la audacia.
Llevas contigo las gasas y los tules
de mil hojas de otoño,
aquellos otoños que durmieron en tu boca y mi boca.
Bocas de dos almas que apenas se tocaron,
pues el tirano transcurrir fracasó en el intento.
Sin embargo, el amor se rehace y regresa,
conjura cualquier maleficio de duda,
y sigue, sigue, sigue, for ever.

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