Los cantos se entreveraban
en el crujir de hojas secas..
Estrellas de un cielo oscuro apuñalaban los sueños
y en sus ojos color ámbar se recogían deseos.
El río, cual culebra en la montaña,
resbalaba entre las piedras.
La estirpe del hombre aquel llegó desde Andalucía,
del lugar donde el sol se tuesta al atardecer
y le da lumbre a la tierra.
Él encontró a la mujer a la vera del camino
y la ayudó a subir en la grupa.
en el caballo moruno de cola ruda.
Juntos se enredaron con el helado viento.
El corazón latía como golpeaban los cascos
en tierra de verdes ramos y de musgos rojinegros.
Ella le abrazó la cintura,
sentía la espalda unida a ese lado de la cara.
El caballo relinchó y su andar pisó fragancias de lima.
Cuando los sauces desmelenados se frotaron en la luna,
él le recorrió a besos el hueco de la garganta
y al elevar la barbilla en la caricia esperada,
el hechizo despertó todos los ruegos y ansias
y en brazos del dulce goce, la piel se pegó a los musgos
y se desnudó el silencio cuando cantaron los grillos.

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